Febrero de 2006
—Sabes que no te lo pediría si no fuese el mejor arreglo.
El juez mantuvo la vista fija en los cubitos medio consumidos de su copa, haciéndolos girar con elegancia y observando los reflejos del fuego de la chimenea.
—Chico, qué quieres que te diga. Todo esto es muy...
—frunció los labios mientras buscaba la palabra exacta— ...Irregular —eligió al fin—. Eso, como mínimo.
El comisario Arteaga se encogió de hombros, resignado.
—Jodidamente raro es lo que es. Pero eso no cambia lo que te he contado. Julio, ¿cuánto hace que me conoces?
—Demasiado bien lo sabes, no me hagas posturitas.
—Vale, te lo digo yo: treinta y ocho años. ¿Y cuántas veces te he venido con milongas?
—Si tuvieses esa molesta costumbre, no estarías repatingado en mi sofá bebiéndote mi whisky, chato —replicó el juez, dibujando en el aire una filigrana displicente.
El comisario sonrió de medio lado compartiendo el afecto bajo el fingido desdén. Julio Ferrer y él eran íntimos desde críos. Se querían y respetaban profundamente, a pesar de sus diferencias. Gracias a ellas, tal vez.
—Entonces, confía en mí. Llevo casi un año dándole vueltas, y no veo otra solución.
El juez Ferrer volvió a concentrarse en sus cubitos. El fuego languidecía, y las sombras ganaban poco a poco los rincones. Ambos guardaron un silencio pensativo.
—¿Por qué no me lo has contado antes? —no había reproche, ni curiosidad. Simplemente, era una pregunta que debía hacer, aunque conociese la respuesta de antemano.
—Porque era un marrón. Porque no estaba seguro. Coño, y porque eras juez.
—Sigo siendo juez.
—Pero ahora yo estoy seguro. No sé cómo leches lo hace, pero lo hace.
El juez apuró su copa y sirvió dos raciones más de Macallan.
—Voy a necesitar todos los detalles. No te prometo nada, pero te escucharé.
Mayo de 2005
—Camilo Oleiros, de Archivos...
El joven asintió con los ojos fijos en los del comisario. Éste observó con detenimiento a su subordinado, mientras mantenía deliberadamente un silencio intimidatorio. No tenía ni treinta. Gafas pasadas de moda. Flaco y pálido, como alguien que sale poco al aire libre. Su aspecto cuadraba con lo que le había contado al comisario su segundo un rato antes: "parece medio gilipollas, pero de eso nada. Eso sí, es raro como la madre que lo trajo, y callado como si le cobrasen por abrir la boca". Y ese jodido ratón de biblioteca le estaba amargando el día.
—¿Sabes por qué te he hecho venir? —dijo al fin, viendo que la treta no lograba que aquel niñato se inquietara lo más mínimo.
—Sí... señor comisario.
La pausa no sonó insolente. Más bien pareció que sopesara si merecía la pena utilizar tres palabras para decir algo que se podía despachar con una. Por lo visto, decidió que sí.
—Llevas más de cinco años en tu puesto —continuó Arteaga, fingiendo leer un expediente que se sabía de memoria—. Sin ascender, a pesar de hacer un trabajo impecable y de tener informes favorables de tus superiores.
Silencio. Arteaga suspiró para sus adentros: iba a ser una tarde larga. Por lo visto ese mamón sólo respondía si se le preguntaba directamente. Sí que parecía medio gilipollas... Ya iba a formular la pregunta de forma explícita cuando Oleiros contestó.
—No quiero ascender. Me gusta mi trabajo.
El comisario volvió al expediente. Se estaba empezando a cabrear.
—Estuviste en un programa para superdotados. Ingresaste en la universidad con dieciséis años. Tienes un coeficiente de ciento setenta. ¿Y te gusta ordenar legajos?
—Me gusta leerlos.
—Pero últimamente has hecho más que eso.
Por primera vez el joven archivero dio muestras de incomodidad.
—No he hecho nada malo.
—Eso depende de cómo se mire… Según tres inspectores de la brigada, resolviste tres casos de asesinato. O, mejor dicho, les estropeaste la película contándoles el final.
Oleiros se encogió de hombros.
—Sólo les dije lo que necesitaban saber.
El comisario bufó y abrió tres dosieres sobre la mesa, desparramando unas cuantas fotos de cadáveres mutilados.
—Les dijiste quién era el asesino en cada caso, tres puñeteros nombres y ni una palabra más. Y al día siguiente de las muertes. Y sin acceso directo a las pruebas ni a los testigos. Y sin una puta explicación. Y, claro, pensaron que estabas como una cabra, pero tras mucho trabajo llegaron a esos mismos nombres. ¡Joder! —exclamó dando un manotazo en el escritorio—. ¡Uno de los casos nos llevó tres meses de dar palos de ciego!
El joven compuso una mueca que podía ser una sonrisa, pero que afectaba sólo a la mitad inferior de su rostro.
—Pero lo resolvieron.
—¡Sí, coño! ¡Lo resolvimos cuando el inspector Gálvez, por pura desesperación, se acordó de lo que le dijiste e investigó a fondo el nombre que le habías dado! ¡Que hasta entonces no era ni sospechoso! Después de aquello, medio acojonado, lo comentó con Garmendia, que a su vez había hablado de su caso con Iriarte. Y, ya acojonados del todo los tres, me lo contaron a mí.
Oleiros asintió levemente con la cabeza.
—Y aquí estamos.
—Eso es. Aquí estamos. Y me vas a decir ahora mismito quién te dio los soplos. No sé de qué crees que va esto, pero ocultar información relevante a los inspectores te puede costar algo más que el trabajo.
El archivero suspiró. De repente parecía mayor, casi viejo. Alzó de nuevo la vista hacia su jefe, mirando más allá de él.
—No hay soplos. Es… más complicado.
El comisario rodeó la mesa, acercó una silla y se sentó a horcajadas apoyando los antebrazos sobre el respaldo, a un palmo de su subordinado.
—Pues vete pidiendo unas pizzas porque de aquí no sales hasta que me des una explicación convincente. O tres.
Febrero de 2006
—Así que… ¿lo adivinaba? ¿Esa fue la explicación convincente? —se extrañó el juez.
El comisario abrió los brazos en un gesto de impotencia, que escoró peligrosamente su whisky sobre el sofá de cuero italiano.
—Esa es mi interpretación. Su explicación fue más detallada, pero desde luego nada convincente. Al parecer, lee.
—¿Lee?
—Sí, lee. Cada jodido documento que entra en el archivo. Y, en el tiempo que le sobra, los expedientes antiguos, los que estaban allí antes de que él entrara en el cuerpo. En realidad, incluso antes de que él naciera. Y en casa sigue leyendo: anales, tratados, sucesos, blogs, novelas… cualquier cosa en la que haya crímenes. Lee más rápido de lo que yo parpadeo, y lo retiene todo en ese supercerebro suyo. Todo. Punto por punto y coma por coma. Y entonces, un día, sin más, ocurre.
—Ocurre, ¿qué? —el juez se había olvidado de mantener la pose lánguida y se inclinaba interesado hacia su amigo.
—Ocurre que, al leer un nuevo expediente, de repente aparece un nombre en un testimonio o una declaración… las piezas encajan y lo sabe, sin más.
—Luis, por Dios… ¿cómo que lo sabe?
—Lo sabe. Sabe quién es el asesino. Simplemente, su cerebro relaciona toda esa increíble cantidad de información que guarda con el nuevo caso y saca una conclusión. Ni siquiera es consciente del proceso, y sólo sucede de tanto en tanto, pero cuando da un nombre nunca se equivoca.
—Nunca es una palabra muy grande…
—Nunca es quince de quince en diez meses. Y siempre homicidios. Pero en cada caso perdimos un tiempo precioso con el paripé legal: tuvimos que fingir que no sabíamos quién era el malo, conseguir órdenes, permisos para escuchas, etcétera. Dos de los cabrones debieron de olerse algo y desaparecieron sin dejar rastro: el violador de la calle Aliso y el asesino del travesti del Parque Centro.
—Y ahí entro yo en escena.
—Si quieres, sí. Apañaremos los papeles para que los casos de Oleiros vayan a tu mesa, junto con alguna prueba arreglada que justifique trincar al sospechoso. Luego, ya con el pájaro en la jaula, despacito, le damos la vuelta como a un calcetín hasta encontrar más pruebas que hagan irrelevante la primera. Será fácil, cogiéndolos tan en caliente no les daremos tiempo para hacer limpieza.
Los hielos giraban de nuevo en el vaso. El juez Ferrer pensaba en una joven, casi una niña, violada y estrangulada con su propio cinturón. Y en un chaval poco mayor que ella, vestido con falda de cuero y tacones, muerto a puñaladas en un banco del parque. Recordaba la expresión del chico en las fotos policiales, de sorpresa, como alguien que se da cuenta de repente de que se ha apeado en la estación equivocada. Dejó la copa en la mesa sin probarla. Los hielos se detuvieron.
—De acuerdo. Lo haré.
Junio de 2007
Camilo Oleiros introdujo la llave en la cerradura de su piso y la giró tres veces. A continuación, separó la hoja de la jamba unos milímetros y observó como caía al suelo el diminuto trocito de papel que había colocado allí al salir. Abrió un poco más, apenas una rendija, y escuchó en silencio exactamente quince segundos, lo que le dejaba cinco para entrar y desactivar la alarma. Tras hacerlo, cerró de nuevo con tres vueltas de llave, colocó una lata vacía sobre el pomo de la puerta, activó de nuevo la alarma en modo perimetral y se relajó.
Al fin en casa.
Entró en su salón y dejó las llaves en un cenicero de barro, alineándolas cuidadosamente con el juego de repuesto. La habitación era vieja, espaciosa, con el techo muy alto y una gruesa alfombra algo raída cubriendo el parquet. Los muebles, mezcla de los rococó heredados junto con el piso con piezas baratas de Ikea, apenas ocupaban un tercio de la estancia, y la mayoría estaban tapados con lonas y cubiertos de libros.
Le pareció oír pasos furtivos, pero los ignoró deliberadamente. Oía cosas a menudo, a veces incluso le parecía oír voces, pero había aprendido a no hacer caso. Su mente era una máquina grande, y las máquinas grandes hacían ruido.
Se sentó en la única silla disponible, frente a un enorme escritorio cubierto de fotos e informes y adosado a la pared bajo dos paneles de corcho. Estaba inspirado, sabía que estaba a punto de lograrlo, y eso le excitaba de un modo que únicamente los artistas pueden comprender. Era consciente de que nunca recibiría el reconocimiento público que su talento merecía, pero le daba igual. Eso quedaba para el comisario y los otros, que les aprovechase. El, a cambio, podía dedicarse por fin a lo que mejor sabía hacer. Obtenía el placer del trabajo en sí, su recompensa no dependía de las alabanzas de mediocres.
Solo en su mundo de papel, no sintió pasar las horas. Algo se movió en el límite de su campo visual, tal vez una cortina agitada por una súbita corriente, pero no se giró. Fotos. Informes. Lo demás estaba muy lejos, más allá de los límites del escritorio.
De repente, todo estuvo claro.
Alargó la mano y cogió una foto, que clavó con cuidado en el panel de la izquierda, bajo el rótulo «CULPABLES». Un hombre de mediana edad, con sombrero, posaba acuclillado junto a un perro de caza. Luego escogió otra: una joven sonriente con bonitos ojos negros. La colocó en el panel de la derecha, en el que se leía «VÍCTIMAS».
Enderezó varias veces ambas fotos, hasta dejarlas perfectamente paralelas. Bostezó y se frotó los párpados, presa de repente de una dulce fatiga. Ahora sólo había que ultimar los detalles, pero eso podría esperar a mañana.
«Necesitaré una cuerda. Y un sombrero. Y un cuchillo de caza» pensó, satisfecho, mientras apagaba la luz y se iba a dormir.