miércoles, 1 de enero de 2020

UNA i-STORIA NAVIDEÑA

El anciano miró a su alrededor con los ojos entrecerrados: el iMac encendido sobre la mesa; los escasos y espaciados muebles, blancos, lisos, sin aristas; la hilera de iPhones (cuatro) sobre el escritorio, junto a una pared también blanca; el diminuto iPod en equilibrio sobre dos enormes altavoces, casi levitando; la nevera con imanes como iconos simulados en la puerta; los pequeños adornos gris titanio que matizaban aquí y allá la sencilla uniformidad de la decoración, haciéndola aún más uniforme; el futurista iTree, con su estrella en el ápice y sus diminutas bolitas y lucecitas; la alfombra en el centro de la sala,  que lucía un enorme logotipo gris.

Bufó y frunció el ceño, proyectando las cejas como una cornisa de musgo nevado.

-Me aburro -protestó-. Hace ya una semana que llegué del pueblo y no ha llamado ni venido nadie. ¿Para qué leches sirve vivir ochenta y dos nocheviejas si nadie se acuerda de felicitarte? -La visera de cerdas grises avanzó un poco más.

-Pero, padre, si tienes… a ver… ¡veintiséis “me gusta”! ¡Halaaa…! ¡Y por lo menos diez mensajes en WhatsApp, sin contar los grupos!

El anciano ignoró la delgada pantalla que su primogénito sostenía entre ellos dos, cogida por las esquinas, y que de vez en cuando hacía “clin”. Alzó el extremo de la garrota como un dedo admonitorio, y apartó con la contera el flamante iPad Pro, muy lentamente, dejando a su hijo con la pose y el ánimo del torero que pierde el engaño.

-Te digo que me aburro. ¿Dónde anda tu hermana? Ni ella me ha llamado. Y no la he visto desde el funeral de vuestra madre.

El hombre joven se envaró y apartó la mirada con los labios apretados.

-Yo no tengo ninguna hermana -respondió, y guardó un silencio enfurruñado. El viejo lo miró como si no lo reconociese.

-¿Tú estás gilipollas? Pues claro que tienes una, Maricarmen, que vive en Alcorcón y es logopeda.

La pantalla hizo de nuevo “clin”, y mostró que había doce coma tres kilómetros hasta Alcorcón, que el tráfico era fluido y escaso y que las temperaturas rondarían los cinco grados esa noche. El viejo ahora sí miró la pantalla, balanceó levemente la garrota, descartó la idea y dirigió la empuñadura hacia su hijo a modo de signo de interrogación. El joven recuperó la elocuencia.

-Como si no la tuviera. Tu hija es una A… es de… es de A…

-Nacho, que me acojonas. ¿Qué le ha pasado a tu hermana?

-¡Es que no lo entiendes! Es… Es…

-Suéltalo, Nacho, que me estoy alterando y no te conviene.

-¡Es de Android! ¡Ya lo he dicho! ¡Y es una radical! El año pasado apareció con camisetitas con ese robot verde asqueroso para iSabel e iRene, se emborrachó y dijo unas cosas horribles sobre Steve Jobs. Como si ella se duchase a diario...

- ¿Y montáis todo este lío por la política?

- Si no es política, es…

- Pues por el fútbol, peor aún. Traeme un teléfono ya mismo, que llame a Maricarmen.

La garrota investía de autoridad la petición, subrayando cada palabra con un golpe de punta en la tarima. Nacho tragó saliva.

-Ahí tienes uno, en la mesa.

-¿Ésto? Joder, si creía que era turrón... Dame un teléfono, de los de hablar, con rueda.

-Es que no tengo.

-Bueno, pues con botones.

-Tampoco…

El anciano suspiró, hincó la garrota en el suelo y la sostuvo con las dos manos como si quisiera estrangularla.

-Mira, Nacho, yo te quiero… pero no entiendo un pito de lo que dices. Llevo una semana aguantando que intentes que te llame iGnacio, que las niñas me llamen a mí iBuelo y que tu casa parezca un hospital. Pero tu hermana viene a cenar esta noche como yo me llamo Genaro, vemos todos juntos el especial de Martes y Trece y después... -bramó, señalando cuatro fruteros repletos de manzanas- ¡Doce uvas, coño! ¡Doce uvas!

jueves, 15 de enero de 2015

Adivina, adivinanza

Febrero de 2006

—Sabes que no te lo pediría si no fuese el mejor arreglo.

El juez mantuvo la vista fija en los cubitos medio consumidos de su copa, haciéndolos girar con elegancia y observando los reflejos del fuego de la chimenea.

—Chico, qué quieres que te diga. Todo esto es muy...
—frunció los labios mientras buscaba la palabra exacta— ...Irregular —eligió al fin—. Eso, como mínimo.

El comisario Arteaga se encogió de hombros, resignado.

 —Jodidamente raro es lo que es. Pero eso no cambia lo que te he contado. Julio, ¿cuánto hace que me conoces?

—Demasiado bien lo sabes, no me hagas posturitas.

—Vale, te lo digo yo: treinta y ocho años. ¿Y cuántas veces te he venido con milongas?

—Si tuvieses esa molesta costumbre, no estarías repatingado en mi sofá bebiéndote mi whisky, chato —replicó el juez,  dibujando en el aire una filigrana displicente.

El comisario sonrió de medio lado compartiendo el afecto bajo el fingido desdén. Julio Ferrer y él eran íntimos desde críos. Se querían y respetaban profundamente, a pesar de sus diferencias. Gracias a ellas, tal vez.

—Entonces, confía en mí.  Llevo casi un año dándole vueltas, y no veo otra solución.

El juez Ferrer volvió a concentrarse en sus cubitos. El fuego languidecía, y las sombras ganaban poco a poco los rincones. Ambos guardaron un silencio pensativo.

—¿Por qué no me lo has contado antes? —no había reproche, ni curiosidad. Simplemente, era una pregunta que debía hacer, aunque conociese la respuesta de antemano.

—Porque era un marrón. Porque no estaba seguro. Coño, y porque eras juez.

—Sigo siendo juez.

—Pero ahora yo estoy seguro. No sé cómo leches lo hace, pero lo hace.
El juez apuró su copa y sirvió dos raciones más de Macallan.

—Voy a necesitar todos los detalles. No te prometo nada, pero te escucharé.


Mayo de 2005

—Camilo Oleiros, de Archivos...

El joven asintió con los ojos fijos en los del comisario. Éste observó con detenimiento a su subordinado, mientras mantenía deliberadamente un silencio intimidatorio. No tenía ni treinta. Gafas pasadas de moda. Flaco y pálido, como alguien que sale poco al aire libre. Su aspecto cuadraba con lo que le había contado al comisario su segundo un rato antes: "parece medio gilipollas, pero de eso nada. Eso sí, es raro como la madre que lo trajo, y callado como si le cobrasen por abrir la boca". Y ese jodido ratón de biblioteca le estaba amargando el día.

—¿Sabes por qué te he hecho venir? —dijo al fin, viendo que la treta no lograba que aquel niñato se inquietara lo más mínimo.

—Sí... señor comisario.

La pausa no sonó insolente. Más bien pareció que sopesara si merecía la pena utilizar tres palabras para decir algo que se podía despachar con una. Por lo visto, decidió que sí.

—Llevas más de cinco años en tu puesto —continuó Arteaga, fingiendo leer un expediente que se sabía de memoria—. Sin ascender, a pesar de hacer un trabajo impecable y de tener informes favorables de tus superiores.

Silencio. Arteaga suspiró para sus adentros: iba a ser una tarde larga. Por lo visto ese mamón sólo respondía si se le preguntaba directamente. Sí que parecía medio gilipollas... Ya iba a formular la pregunta de forma explícita cuando Oleiros contestó.

—No quiero ascender. Me gusta mi trabajo.

El comisario volvió al expediente. Se estaba empezando a cabrear.

—Estuviste en un programa para superdotados. Ingresaste en la universidad con dieciséis años. Tienes un coeficiente de ciento setenta. ¿Y te gusta ordenar legajos?

—Me gusta leerlos.

—Pero últimamente has hecho más que eso.

Por primera vez el joven archivero dio muestras de incomodidad.

—No he hecho nada malo.

—Eso depende de cómo se mire… Según tres inspectores de la brigada, resolviste tres casos de asesinato. O, mejor dicho, les estropeaste la película contándoles el final.

Oleiros se encogió de hombros.

—Sólo les dije lo que necesitaban saber.

El comisario bufó y abrió tres dosieres sobre la mesa, desparramando unas cuantas fotos de cadáveres mutilados.

—Les dijiste quién era el asesino en cada caso, tres puñeteros nombres y ni una palabra más. Y al día siguiente de las muertes. Y sin acceso directo a las pruebas ni a los testigos. Y sin una puta explicación. Y, claro, pensaron que estabas como una cabra, pero tras mucho trabajo llegaron a esos mismos nombres. ¡Joder! —exclamó dando un manotazo en el escritorio—. ¡Uno de los casos nos llevó tres meses de dar palos de ciego!

El joven compuso una mueca que podía ser una sonrisa, pero que afectaba sólo a la mitad inferior de su rostro.

—Pero lo resolvieron.

—¡Sí, coño! ¡Lo resolvimos cuando el inspector Gálvez, por pura desesperación, se acordó de lo que le dijiste e investigó a fondo el nombre que le habías dado! ¡Que hasta entonces no era ni sospechoso! Después de aquello, medio acojonado, lo comentó con Garmendia, que a su vez había hablado de su caso con Iriarte. Y, ya acojonados del todo los tres, me lo contaron a mí.
Oleiros asintió levemente con la cabeza.

—Y aquí estamos.

—Eso es. Aquí estamos. Y me vas a decir ahora mismito quién te dio los soplos. No sé de qué crees que va esto, pero ocultar información relevante a los inspectores te puede costar algo más que el trabajo.

El archivero suspiró. De repente parecía mayor, casi viejo. Alzó de nuevo la vista hacia su jefe, mirando más allá de él.

—No hay soplos. Es… más complicado.

El comisario rodeó la mesa, acercó una silla y se sentó a horcajadas apoyando los antebrazos sobre el respaldo, a un palmo de su subordinado.

—Pues vete pidiendo unas pizzas porque de aquí no sales hasta que me des una explicación convincente. O tres.


Febrero de 2006

—Así que… ¿lo adivinaba? ¿Esa fue la explicación convincente? —se extrañó el juez.

El comisario abrió los brazos en un gesto de impotencia, que escoró peligrosamente su whisky sobre el sofá de cuero italiano.

—Esa es mi interpretación. Su explicación fue más detallada, pero desde luego nada convincente. Al parecer, lee.

—¿Lee?

—Sí, lee. Cada jodido documento que entra en el archivo. Y, en el tiempo que le sobra, los expedientes antiguos, los que estaban allí antes de que él entrara en el cuerpo. En realidad,  incluso antes de que él naciera. Y en casa sigue leyendo: anales, tratados, sucesos, blogs, novelas… cualquier cosa en la que haya crímenes. Lee más rápido de lo que yo parpadeo, y lo retiene todo en ese supercerebro suyo. Todo. Punto por punto y coma por coma. Y entonces, un día, sin más, ocurre.

—Ocurre, ¿qué? —el juez se había olvidado de mantener la pose lánguida y se inclinaba interesado hacia su amigo.

—Ocurre que, al leer un nuevo expediente, de repente aparece un nombre en un testimonio o una declaración… las piezas encajan y lo sabe, sin más.

—Luis, por Dios… ¿cómo que lo sabe?

—Lo sabe. Sabe quién es el asesino. Simplemente, su cerebro relaciona toda esa increíble cantidad de información que guarda con el nuevo caso y saca una conclusión. Ni siquiera es consciente del proceso, y sólo sucede de tanto en tanto, pero cuando da un nombre nunca se equivoca.

—Nunca es una palabra muy grande…

—Nunca es quince de quince en diez meses. Y siempre homicidios. Pero en cada caso perdimos un tiempo precioso con el paripé legal: tuvimos que fingir que no sabíamos quién era el malo, conseguir órdenes, permisos para escuchas, etcétera. Dos de los cabrones debieron de olerse algo y desaparecieron sin dejar rastro: el violador de la calle Aliso y el asesino del travesti del Parque Centro.

—Y ahí entro yo en escena.

—Si quieres, sí. Apañaremos los papeles para que los casos de Oleiros vayan a tu mesa, junto con alguna prueba arreglada que justifique trincar al sospechoso. Luego, ya con el pájaro en la jaula,  despacito, le damos la vuelta como a un calcetín hasta encontrar más pruebas que hagan irrelevante la primera. Será fácil, cogiéndolos tan en caliente no les daremos tiempo para hacer limpieza.

Los hielos giraban de nuevo en el vaso. El juez Ferrer pensaba en una joven, casi una niña, violada y estrangulada con su propio cinturón. Y en un chaval poco mayor que ella, vestido con falda de cuero y tacones, muerto a puñaladas en un banco del parque. Recordaba la expresión del chico en las fotos policiales, de sorpresa, como alguien que se da cuenta de repente de que se ha apeado en la estación equivocada. Dejó la copa en la mesa sin probarla. Los hielos se detuvieron.

—De acuerdo. Lo haré.


Junio de 2007

Camilo Oleiros introdujo la llave en la cerradura de su piso y la giró tres veces. A continuación, separó la hoja de la jamba unos milímetros y observó como caía al suelo el diminuto trocito de papel que había colocado allí al salir. Abrió un poco más, apenas una rendija, y escuchó en silencio exactamente quince segundos, lo que le dejaba cinco para entrar y desactivar la alarma. Tras hacerlo, cerró de nuevo con tres vueltas de llave, colocó una lata vacía sobre el pomo de la puerta, activó de nuevo la alarma en modo perimetral y se relajó.

Al fin en casa.

Entró en su salón y dejó las llaves en un cenicero de barro, alineándolas cuidadosamente con el juego de repuesto. La habitación era vieja, espaciosa, con el techo muy alto y una gruesa alfombra algo raída cubriendo el parquet. Los muebles, mezcla de los rococó heredados junto con el piso con piezas baratas de Ikea, apenas ocupaban un tercio de la estancia, y la mayoría estaban tapados con lonas y cubiertos de libros.

Le pareció oír pasos furtivos, pero los ignoró deliberadamente. Oía cosas a menudo, a veces incluso le parecía oír voces, pero había aprendido a no hacer caso. Su mente era una  máquina grande, y las máquinas grandes hacían ruido.

Se sentó en la única silla disponible, frente a un enorme escritorio cubierto de fotos e informes y adosado a la pared bajo dos paneles de corcho. Estaba inspirado, sabía que estaba a punto de lograrlo, y eso le excitaba de un modo que únicamente los artistas pueden comprender. Era consciente de que nunca recibiría el reconocimiento público que su talento merecía, pero le daba igual. Eso quedaba para el comisario y los otros, que les aprovechase. El, a cambio, podía dedicarse por fin a lo que mejor sabía hacer. Obtenía el placer del trabajo en sí, su recompensa no dependía de las alabanzas de mediocres.

Solo en su mundo de papel, no sintió pasar las horas. Algo se movió en el límite de su campo visual, tal vez una cortina agitada por una súbita corriente, pero no se giró. Fotos. Informes. Lo  demás estaba muy lejos, más allá de los límites del escritorio.

De repente, todo estuvo claro.

Alargó la mano y cogió una foto, que clavó con cuidado en el panel de la izquierda, bajo el rótulo «CULPABLES». Un hombre de mediana edad, con sombrero, posaba acuclillado junto a un perro de caza. Luego escogió otra: una joven sonriente con bonitos ojos negros. La colocó en el panel de la derecha, en el que se leía «VÍCTIMAS».

Enderezó varias veces ambas fotos, hasta dejarlas perfectamente paralelas. Bostezó y se frotó los párpados, presa de repente de una dulce fatiga. Ahora sólo había que ultimar los detalles, pero eso podría esperar a mañana.

 «Necesitaré una cuerda. Y un sombrero. Y un cuchillo de caza» pensó, satisfecho, mientras apagaba la luz y se iba a dormir.

domingo, 9 de febrero de 2014

Ilusión



El niño jugaba con su pelota. No llevaba mucho tiempo en ese lugar, porque no había tiempo y no había lugar. Sólo él y esa esfera lisa, perfecta, fijando su atención como un faro.

Gateó alrededor de su juguete, con la mirada siempre cautiva de su contorno redondo. Al fin se sentó, se llevó un pie regordete a la boca y exhaló una risa cantarina, casi un trino. Tras sus ojos claros, fijos en la pelota, se sucedían las ideas, limpias y sin nombre, pues tampoco había palabras. El niño imaginó estrellas y galaxias, mares y montañas, ríos y páramos; y la pelota crecía más y más con su fantasía, apenas capaz de contenerla. Entonces imaginó la vida e imaginó al hombre, y rió de nuevo. Lentamente, se inclinó, alargó una manita con el índice extendido y rozó con él la pelota.

Y la luz se hizo.



jueves, 5 de diciembre de 2013

Sacrificio


—No es posible, Fileo... Tiene que haber un error en las medidas.

La frase, junto con sus matices emocionales (incredulidad y miedo), vibró por el entramado de raíces camino de su interlocutor. Rergo había tardado tan sólo unas doce horas terrestres en componerla, lo que daba idea de su excitación. Teniendo en cuenta que su metabolismo era unas diez mil veces más lento que el de los Breves, su objeción era casi un grito histérico.

La respuesta llegó a la mañana siguiente.

—No, Rergo. Las medidas están bien.

—No pueden habernos detectado —dijo Rergo, tras meditarlo durante el otoño—. Todo el mundo lo sabe: «La percepción de los Breves carece de perspectiva, es demasiado rápida para interpretar nuestros actos».

Fileo se armó de paciencia. Los políticos y su obsesión por generalizar... Consultó de reojo su calendario: estaban perdiendo unas estaciones de las que no disponían.

—Sí. «Y sus actos demasiado locales y efímeros para afectarnos» —contestó—. Yo también recuerdo el Manual de Biología de los Breves. Es más, colaboré en su último apéndice. Todo eso ha sido cierto durante millones de años y en centenares de planetas; pero aquí, en el último siglo y medio, algo ha cambiado. Y nuestra percepción es, por el contrario, demasiado global y lenta para darnos cuenta de ello. Sólo el análisis de las lecturas de los equipos de superficie nos ha permitido apreciarlo: por lo visto saben lo que sucede, han intuido la finalidad del Plan y están tomando medidas para combatirnos. En concreto, están vertiendo cantidades masivas de tóxicos a la atmósfera y los océanos. Los efectos ya se notan entre los nuestros, y no podremos responder a tiempo.

—No lo entiendo... ¿Van a destruirse ellos mismos para acabar con nosotros? —preguntó aterrado Rergo.

—Sufrirán bajas cuantiosas, por supuesto, tanto por exposición a los tóxicos como por las posteriores alteraciones del entorno, pero hemos calculado que sobrevivirán como especie. Eso sí, a costa de destruir la mayor parte de la vida no inteligente y de convertir el planeta en un medio hostil. Supongo que desde su punto de vista es un sacrificio aceptable.

—¡Santo Ciprés! —gimió Rergo mientras la nieve caía sobre sus copas. —Entonces todo ha terminado... ¡a pesar del Plan...!

—Sí, Rergo —admitió Fileo—. A pesar del Plan.

Él mismo estaba sorprendido. Por inconcebible que fuese, el pueblo que había colonizado mil mundos había sido derrotado por una raza de vida corta. Y el Plan, que abarcaba toda una galaxia y se había desarrollado durante eones, había fracasado precisamente en ese planeta. «La propia selección del planeta fue polémica», recordó. Sin duda contaba con características excepcionales, casi únicas (un 99,7% de probabilidad de desarrolo explosivo de vida en la primera fase). Pero había algo raro en él: la radiactividad ligeramente elevada y la gravedad de un satélite inusualmente grande sin duda favorecerían la evolución, pero introducían una serie de variables que complicaban las predicciones.

Luego vinieron millones de años de trabajo mientras se preparaba el terreno para la génesis. Según lo esperado, en los pequeños oasis aparecieron los primeros Breves, tan necesarios como incómodos, con sus rápidos cambios y sus existencias fugaces como destellos. Pronto volaron, nadaron y corrieron, dispersando semillas y pólenes, extendiendo la vida a su paso como una horda benéfica que, sin saberlo, llevaba el orden en lo más profundo de su anarquía. Después, como era inevitable, evolucionaron a su tosca manera hasta convertirse en seres inteligentes. Al admirar los árboles, al cobijarse bajo ellos o recoger su fruto, las sucesivas generaciones de Breves no habían sospechado que entre las raíces habitaban inteligencias antiguas y poderosas; ni que los troncos, hojas y ramas eran ojos, oídos y manos de esas inteligencias, que vigilaban esperando el momento preciso para comenzar la siguiente etapa de su Plan. «No han sospechado nada... hasta ahora», pensó Fileo.

—¿Cuáles son las mejores previsiones? —preguntó Rergo, temiendo la respuesta.

—Sería necesario un mínimo de entre quinientos y seiscientos años para la conclusión satisfactoria del Plan. Y en menos de trescientos los tóxicos nos habrán exterminado.

—¡Trescientos años! —exclamó Rergo—. ¡Tan pronto! ¡Es imposible...! —las vibraciones de sus raíces se confundieron en un espasmo de terror.

—Rergo, ya no queda nada por hacer. Ve con tu familia. Despedíos. Pasa con ellos los últimos siglos. Yo haré lo mismo en cuanto acabe mi informe.

Fileo captó el rastro de desesperación al retirarse Rergo, y sintió lástima por él: carecía de la ecuanimidad científica que permitía a Fileo controlar el pánico.

Las estaciones se sucedieron frenéticas mientras Fileo grababa en el sustrato rocoso un informe que dejase constancia de lo ocurrido, un informe incompleto y que tal vez nadie leería jamás, pero que era, sin embargo, necesario. Las futuras expediciones debían ser advertidas de que había que evitar la Tierra, al menos mientras los humanos la habitaran; aunque el planeta eventualmente se recuperase de la contaminación, una raza de Breves consciente del Plan acabaría con los colonizadores con tal rapidez que ni sabrían lo que pasaba.

Él tampoco comprendía cómo los humanos (la variedad más inteligente de los Breves) habían logrado descubrirlos y combatirlos. Todo se había hecho según lo establecido: cuando los humanos llegaron a un nivel de inteligencia y desarrollo que los hizo potencialmente peligrosos, se activó la fase final del Plan. Los últimos doscientos milenios Fileo y sus colegas se habían dedicado a perfeccionar las técnicas de autopropagación y a preparar el día en que, simultáneamente, todos los frutos, flores y tallos del planeta se volverían venenosos. Los Breves volverían a la tierra de la que surgieron y el mundo, ya maduro, sería un nuevo hogar para el Viejo Pueblo. «Pero ese día ya nunca llegará», reflexionó Fileo. «Y ni siquiera dispongo  de tiempo para averiguar qué salió mal».

—Maestro Fileo...

—Joven Kilo —dijo a su ayudante— ¿qué haces aquí?

—Hay una última remesa de datos para el informe, recién recogidos, hace apenas once meses. Es curioso...

—¿Qué ocurre?

— Es la pauta del ataque de los humanos. La hemos analizado y sigue un patrón aleatorio, tanto espacial como temporal. Da la sensación de que siguen sin saber que estamos aquí, y que los vertidos tóxicos masivos no son un ataque propiamente dicho, sino que obedecen a otro propósito.

Fileo negó, impaciente. No había tiempo para nuevas averiguaciones. Tras meditarlo apenas unos días negó:

—No lo incluiré en el informe, Kilo. Los humanos sin duda saben que su destino iba a ser la extinción, de otro modo ninguna de nuestras observaciones tiene sentido. ¿Qué otra razón pueden tener para el sacrificio supremo que supone destruir su propio planeta? Breves o no, si no les fuese en ello la existencia, ¿cómo podrían ser tan estúpidos?