
El bar de Paco era lo que su nombre hacía suponer: un viejo bar de barrio regentado por un matrimonio maduro, con una empleada boliviana y la ayuda ocasional de dos hijos adolescentes. Los mismos parroquianos lo poblaban cada día, haciendo su entrada y su mutis con puntualidad ferroviaria, y sólo deshacía la agradable rutina algún que otro despistado que entraba y pedía una caña o un café como excusa para telefonear, orinar o cambiar para el parquímetro.
El local tenía, sin embargo, dos elementos que lo hacían peculiar. El primero era su barra, que dejaba boquiabiertos a los telefoneantes, aparcantes y orinantes: un formidable mueble de madera oscura siempre lustrosa, como aceitada, con abundancia de tallas y cornisas y un reposapiés de bronce pulido. La barra la puso ahí el bisabuelo de Paco en tiempos en que, todos con sombrero, la gente boba y rica invitaba a café y porras a la gente sabia y pobre, en veladores de mármol con luz de gas. Tres generaciones después los veladores ya no estaban, vendidos para lápidas tras la guerra; y la barra tenía desniveles orgullosos, tallados por miles de codos frente a los taburetes atornillados al suelo.
El otro elemento singular era el titular del mayor de esos desniveles. Mariano, inquilino de renta vieja de la barra, parecía hecho de la misma madera oscura y gastada. Nadie recordaba el bar sin Mariano, siempre fue el más fiel de los asiduos; y desde que se jubiló, casi veinte años atrás, daba los buenos días cuando Paco se ataba el delantal y las buenas noches cuando se volteaban las primeras sillas. Siempre en su sitio, en el extremo cercano a la cafetera, trasegaba sin prisa cortos de cerveza con concesiones ocasionales al Rioja o al anís en fiestas de guardar. Nunca sobrio del todo, pero jamás borracho. De cuando en cuando, al ir a pagar, entregaba entre las monedas una vieja y dorada de una peseta, que Paco aceptaba sin rechistar para, al día siguiente, devolvérsela entre el cambio.
Cuando el martes pasado Mariano apuró su vaso y dijo “adiós” en lugar del consabido “hasta mañana”, Paco sintió un extraño desasosiego y esa noche no durmió bien. A la mañana siguiente fue el único al que no le extrañó del todo no ver allí a Mariano. Hizo una llamada, luego otra más, y escuchó sin poder pronunciar palabra.
Las dos familias de Mariano estaban presentes en el funeral: la que le quería y respetaba y la que le dejó vivir solo treinta años en un tercero sin ascensor. Allí estaban el cartero, el conserje del colegio del final de la calle, toda la plantilla de la oficina de enfrente, varios chavales de la universidad que los viernes empezaban la noche, según decían ellos con guasa, en Paco’s...
También estaban los veladores de mármol, aquí y allá, como dando la bienvenida a un viejo amigo. Y allí estaba la barra. Paco y un cliente habitual, carpintero jubilado, habían puesto respectivamente el dinero y el talento. No había sido fácil en tan poco tiempo, pero el reposapiés dorado era ahora asidero, la superficie bacheada era tapa, y las cornisas y adornos eran costados. Una nueva talla, sencilla, en forma de cruz, adornaba la parte superior.
Mientras, en el bar vacío, la flamante barra de ladrillo y azulejo lucía crespones negros, y una moneda de peseta brillaba engastada en la superficie, justo enfrente de la cafetera.