domingo, 20 de octubre de 2013

Bichos



El profesor sujetó con delicadeza el espécimen que iba a preparar y lo observó con ojo experto.

—Hola, amiguito. No te preocupes, no te dolerá.

«Y pensar que en tiempos remotos vosotros reinabais en la Tierra —pensó, filosófico—. En fin, supongo que tuvisteis vuestra oportunidad como especie... La evolución es caprichosa».

La luz que entraba por la ventana del laboratorio se iba tiñendo de ocre. El profesor se levantó, guardó sus notas en un cajón y, desperezándose, se dirigió a la salida. De camino, se detuvo un momento ante la urna de las larvas. Estaban inquietas... Tomó de un estante una caja y sacó de ella unos cuantos juguetes, que depositó junto a las criaturas. Enderezó la etiqueta adherida al vidrio: «Homo Sapiens, caucásico, tres años». Eran unos ejemplares espléndidos.

Bostezó satisfecho, desplegó las enormes alas y voló zumbando hacia la cúpula, que ya se deslizaba en su cavidad dejando ver el cielo de la tarde.

sábado, 12 de octubre de 2013

La barra

El bar de Paco era lo que su nombre hacía suponer: un viejo bar de barrio regentado por un matrimonio maduro, con una empleada boliviana y la ayuda ocasional de dos hijos adolescentes. Los mismos parroquianos lo poblaban cada día, haciendo su entrada y su mutis con puntualidad ferroviaria, y sólo deshacía la agradable rutina algún que otro despistado que entraba y pedía una caña o un café como excusa para telefonear, orinar o cambiar para el parquímetro.

El local tenía, sin embargo, dos elementos que lo hacían peculiar. El primero era su barra, que dejaba boquiabiertos a los telefoneantes, aparcantes y orinantes: un formidable mueble de madera oscura siempre lustrosa, como aceitada, con abundancia de tallas y cornisas y un reposapiés de bronce pulido. La barra la puso ahí el bisabuelo de Paco en tiempos en que, todos con sombrero, la gente boba y rica invitaba a café y porras a la gente sabia y pobre, en veladores de mármol con luz de gas. Tres generaciones después los veladores ya no estaban, vendidos para lápidas tras la guerra; y la barra tenía desniveles orgullosos, tallados por miles de codos frente a los taburetes atornillados al suelo.

El otro elemento singular era el titular del mayor de esos desniveles. Mariano, inquilino de renta vieja de la barra, parecía hecho de la misma madera oscura y gastada. Nadie recordaba el bar sin Mariano, siempre fue el más fiel de los asiduos; y desde que se jubiló, casi veinte años atrás, daba los buenos días cuando Paco se ataba el delantal y las buenas noches cuando se volteaban las primeras sillas. Siempre en su sitio, en el extremo cercano a la cafetera, trasegaba sin prisa cortos de cerveza con concesiones ocasionales al Rioja o al anís en fiestas de guardar. Nunca sobrio del todo, pero jamás borracho. De cuando en cuando, al ir a pagar, entregaba entre las monedas una vieja y dorada de una peseta, que Paco aceptaba sin rechistar para, al día siguiente, devolvérsela entre el cambio.

Cuando el martes pasado Mariano apuró su vaso y dijo “adiós” en lugar del consabido “hasta mañana”, Paco sintió un extraño desasosiego y esa noche no durmió bien. A la mañana siguiente fue el único al que no le extrañó del todo no ver allí a Mariano. Hizo una llamada, luego otra más, y escuchó sin poder pronunciar palabra.

Las dos familias de Mariano estaban presentes en el funeral: la que le quería y respetaba y la que le dejó vivir solo treinta años en un tercero sin ascensor. Allí estaban el cartero, el conserje del colegio del final de la calle, toda la plantilla de la oficina de enfrente, varios chavales de la universidad que los viernes empezaban la noche, según decían ellos con guasa, en Paco’s...

También estaban los veladores de mármol, aquí y allá, como dando la bienvenida a un viejo amigo. Y allí estaba la barra. Paco y un cliente habitual, carpintero jubilado, habían puesto respectivamente el dinero y el talento. No había sido fácil en tan poco tiempo, pero el reposapiés dorado era ahora asidero, la superficie bacheada era tapa, y las cornisas y adornos eran costados. Una nueva talla, sencilla, en forma de cruz, adornaba la parte superior.

Mientras, en el bar vacío, la flamante barra de ladrillo y azulejo lucía crespones negros, y una moneda de peseta brillaba engastada en la superficie, justo enfrente de la cafetera.

sábado, 5 de octubre de 2013

Contrato indefinido


Mi jefe... el cabestro de mi jefe.

Sentado en mi cubículo, no consigo apartar mi pensamiento de su jeta, de sus modales de chulo barriobajero, de su alfiler de corbata de oro.


Cierro los ojos y fantaseo: tal vez veneno, uno lento, en su asqueroso Earl Grey... O unas tijeras en la carótida y ver cómo la sangre salpica el techo... O meterle el cable de su lámpara de diseño en la boca, la corriente eléctrica poniendo de punta sus cuatro pelos... Garabateo una lista con una sonrisa feroz. La arrugo. Me froto los ojos. Un día más, igual que los anteriores, igual que los venideros. Me levanto a estirar las piernas con un vistazo reflejo, furtivo, por encima del hombro, aunque sepa que no puede verme. Doy unos pasos hacia la puerta cerrada. Me apoyo en los barrotes, fríos, gruesos.

¡Estrangularlo! ¡Qué vulgaridad! ¿Cómo pude simplemente estrangularlo?