jueves, 5 de diciembre de 2013

Sacrificio


—No es posible, Fileo... Tiene que haber un error en las medidas.

La frase, junto con sus matices emocionales (incredulidad y miedo), vibró por el entramado de raíces camino de su interlocutor. Rergo había tardado tan sólo unas doce horas terrestres en componerla, lo que daba idea de su excitación. Teniendo en cuenta que su metabolismo era unas diez mil veces más lento que el de los Breves, su objeción era casi un grito histérico.

La respuesta llegó a la mañana siguiente.

—No, Rergo. Las medidas están bien.

—No pueden habernos detectado —dijo Rergo, tras meditarlo durante el otoño—. Todo el mundo lo sabe: «La percepción de los Breves carece de perspectiva, es demasiado rápida para interpretar nuestros actos».

Fileo se armó de paciencia. Los políticos y su obsesión por generalizar... Consultó de reojo su calendario: estaban perdiendo unas estaciones de las que no disponían.

—Sí. «Y sus actos demasiado locales y efímeros para afectarnos» —contestó—. Yo también recuerdo el Manual de Biología de los Breves. Es más, colaboré en su último apéndice. Todo eso ha sido cierto durante millones de años y en centenares de planetas; pero aquí, en el último siglo y medio, algo ha cambiado. Y nuestra percepción es, por el contrario, demasiado global y lenta para darnos cuenta de ello. Sólo el análisis de las lecturas de los equipos de superficie nos ha permitido apreciarlo: por lo visto saben lo que sucede, han intuido la finalidad del Plan y están tomando medidas para combatirnos. En concreto, están vertiendo cantidades masivas de tóxicos a la atmósfera y los océanos. Los efectos ya se notan entre los nuestros, y no podremos responder a tiempo.

—No lo entiendo... ¿Van a destruirse ellos mismos para acabar con nosotros? —preguntó aterrado Rergo.

—Sufrirán bajas cuantiosas, por supuesto, tanto por exposición a los tóxicos como por las posteriores alteraciones del entorno, pero hemos calculado que sobrevivirán como especie. Eso sí, a costa de destruir la mayor parte de la vida no inteligente y de convertir el planeta en un medio hostil. Supongo que desde su punto de vista es un sacrificio aceptable.

—¡Santo Ciprés! —gimió Rergo mientras la nieve caía sobre sus copas. —Entonces todo ha terminado... ¡a pesar del Plan...!

—Sí, Rergo —admitió Fileo—. A pesar del Plan.

Él mismo estaba sorprendido. Por inconcebible que fuese, el pueblo que había colonizado mil mundos había sido derrotado por una raza de vida corta. Y el Plan, que abarcaba toda una galaxia y se había desarrollado durante eones, había fracasado precisamente en ese planeta. «La propia selección del planeta fue polémica», recordó. Sin duda contaba con características excepcionales, casi únicas (un 99,7% de probabilidad de desarrolo explosivo de vida en la primera fase). Pero había algo raro en él: la radiactividad ligeramente elevada y la gravedad de un satélite inusualmente grande sin duda favorecerían la evolución, pero introducían una serie de variables que complicaban las predicciones.

Luego vinieron millones de años de trabajo mientras se preparaba el terreno para la génesis. Según lo esperado, en los pequeños oasis aparecieron los primeros Breves, tan necesarios como incómodos, con sus rápidos cambios y sus existencias fugaces como destellos. Pronto volaron, nadaron y corrieron, dispersando semillas y pólenes, extendiendo la vida a su paso como una horda benéfica que, sin saberlo, llevaba el orden en lo más profundo de su anarquía. Después, como era inevitable, evolucionaron a su tosca manera hasta convertirse en seres inteligentes. Al admirar los árboles, al cobijarse bajo ellos o recoger su fruto, las sucesivas generaciones de Breves no habían sospechado que entre las raíces habitaban inteligencias antiguas y poderosas; ni que los troncos, hojas y ramas eran ojos, oídos y manos de esas inteligencias, que vigilaban esperando el momento preciso para comenzar la siguiente etapa de su Plan. «No han sospechado nada... hasta ahora», pensó Fileo.

—¿Cuáles son las mejores previsiones? —preguntó Rergo, temiendo la respuesta.

—Sería necesario un mínimo de entre quinientos y seiscientos años para la conclusión satisfactoria del Plan. Y en menos de trescientos los tóxicos nos habrán exterminado.

—¡Trescientos años! —exclamó Rergo—. ¡Tan pronto! ¡Es imposible...! —las vibraciones de sus raíces se confundieron en un espasmo de terror.

—Rergo, ya no queda nada por hacer. Ve con tu familia. Despedíos. Pasa con ellos los últimos siglos. Yo haré lo mismo en cuanto acabe mi informe.

Fileo captó el rastro de desesperación al retirarse Rergo, y sintió lástima por él: carecía de la ecuanimidad científica que permitía a Fileo controlar el pánico.

Las estaciones se sucedieron frenéticas mientras Fileo grababa en el sustrato rocoso un informe que dejase constancia de lo ocurrido, un informe incompleto y que tal vez nadie leería jamás, pero que era, sin embargo, necesario. Las futuras expediciones debían ser advertidas de que había que evitar la Tierra, al menos mientras los humanos la habitaran; aunque el planeta eventualmente se recuperase de la contaminación, una raza de Breves consciente del Plan acabaría con los colonizadores con tal rapidez que ni sabrían lo que pasaba.

Él tampoco comprendía cómo los humanos (la variedad más inteligente de los Breves) habían logrado descubrirlos y combatirlos. Todo se había hecho según lo establecido: cuando los humanos llegaron a un nivel de inteligencia y desarrollo que los hizo potencialmente peligrosos, se activó la fase final del Plan. Los últimos doscientos milenios Fileo y sus colegas se habían dedicado a perfeccionar las técnicas de autopropagación y a preparar el día en que, simultáneamente, todos los frutos, flores y tallos del planeta se volverían venenosos. Los Breves volverían a la tierra de la que surgieron y el mundo, ya maduro, sería un nuevo hogar para el Viejo Pueblo. «Pero ese día ya nunca llegará», reflexionó Fileo. «Y ni siquiera dispongo  de tiempo para averiguar qué salió mal».

—Maestro Fileo...

—Joven Kilo —dijo a su ayudante— ¿qué haces aquí?

—Hay una última remesa de datos para el informe, recién recogidos, hace apenas once meses. Es curioso...

—¿Qué ocurre?

— Es la pauta del ataque de los humanos. La hemos analizado y sigue un patrón aleatorio, tanto espacial como temporal. Da la sensación de que siguen sin saber que estamos aquí, y que los vertidos tóxicos masivos no son un ataque propiamente dicho, sino que obedecen a otro propósito.

Fileo negó, impaciente. No había tiempo para nuevas averiguaciones. Tras meditarlo apenas unos días negó:

—No lo incluiré en el informe, Kilo. Los humanos sin duda saben que su destino iba a ser la extinción, de otro modo ninguna de nuestras observaciones tiene sentido. ¿Qué otra razón pueden tener para el sacrificio supremo que supone destruir su propio planeta? Breves o no, si no les fuese en ello la existencia, ¿cómo podrían ser tan estúpidos?