
Joven en un mundo joven, la molécula giraba al azar en un océano de agua y amoniaco. Era un verdadero coloso, incluso entre las de su clase: una enorme cadena de aminoácidos, retorcida y plegada aparentemente sin orden.
De repente, ocurrió. Una más entre un millón de descargas eléctricas, un aumento imperceptible en el bombardeo de radiación solar, la presencia de ciertos elementos en la cantidad y distribución exactas... y la molécula creció, vibró, se reordenó y se convirtió así en mucho más que un coágulo de átomos particularmente grande.
Su consciencia era infinitesimal, apenas percibía campos eléctricos y afinidades químicas; pero en la peculiar disposición de sus átomos, en la precisa orientación de sus enlaces, estaba la semilla primigenia de la voluntad. Estaba viva.
Girando aún lentamente, tomó su primera decisión. Despacio, con el sosiego de quien tiene millones de años por transitar, comenzó a devorar a sus semejantes.
