
El niño jugaba con su pelota. No llevaba mucho tiempo en ese lugar, porque no había tiempo y no había lugar. Sólo él y esa esfera lisa, perfecta, fijando su atención como un faro.
Gateó alrededor de su juguete, con la mirada siempre cautiva de su contorno redondo. Al fin se sentó, se llevó un pie regordete a la boca y exhaló una risa cantarina, casi un trino. Tras sus ojos claros, fijos en la pelota, se sucedían las ideas, limpias y sin nombre, pues tampoco había palabras. El niño imaginó estrellas y galaxias, mares y montañas, ríos y páramos; y la pelota crecía más y más con su fantasía, apenas capaz de contenerla. Entonces imaginó la vida e imaginó al hombre, y rió de nuevo. Lentamente, se inclinó, alargó una manita con el índice extendido y rozó con él la pelota.
Y la luz se hizo.