sábado, 31 de agosto de 2013

¡Milagro!


—¡T… Te juro que lo he visto! ¡Ha llorado!

Eliceo, un hombretón con el pantalón azul ceñido por debajo de la barriga con un trozo de cuerda, soltó el pico y miró dubitativo a su oficial.

—Paco, non hagas bromes con eso, ques cosa seria… —llevaba poco tiempo en Madrid, y en el pueblo el Antón, que estaba muy viajado, ya le había advertido de lo que les gustaba la guasa a los capitalinos. Pero el caso era que el oficial, un jaque de genio entre desenvuelto y descarado, estaba blanco como la cal y temblaba ligeramente.

La estatua, indiferente a lo que ocurría a sus pies, adornaba el esquinazo de un imponente edificio, protegida por una hornacina abierta a unos dos metros del suelo. Sobre una ménsula floreada y un pedestal bajo, San Antonio sostenía en brazos al Niño Jesús y apretaba contra su pecho un lirio. El artista había optado por una representación “a la portuguesa”, y el santo aparecía como un hombrecillo bajito y rechoncho, con extraños rasgos. Pero la mirada extraviada, la tonsura y la actitud serena de la escultura impresionaban a los pocos transeúntes que se fijaban en ella. Eliceo le lanzaba ahora miradas de reojo, intentando que no se notara su aprensión.

—¡Qué sí, Eli, coño, que lo he visto! ¡El niño lloraba! —los ojos de Paco parecían a punto de salir disparados de sus cuencas— y… y… me hablaba, pero sin hablar, a ver si me entiendes… en la cabeza…

Eliceo no sabía qué pensar, pero sus piernas al parecer sí, porque habían decidido por su cuenta volverse de gelatina. Contuvo a duras penas el tembleque y logró componer lo que le pareció una sonrisa más o menos serena.

—Tú te quies reír de mí… cómo va a llorar, si es de p…

—¡Lo oigo! ¡Ahora! ¡Me habla! ¡Dice… dice…! —Paco, con los ojos en blanco, abrió despacio las manos con las palmas hacia arriba. En el centro de cada una había una brillante mancha roja, y en la izquierda un hilillo se deslizó y goteó entre los dedos.

Las piernas de Eliceo volvieron a ser más rápidas que su cerebro. En esta ocasión extraordinariamente rápidas para un hombre de su tamaño. Cuando el alarido de terror ya se perdía a lo lejos, Paco soltó una carcajada y tiró a la zanja el sobre de ketchup que había reservado durante el almuerzo. Y lo mejor era que lo había grabado todo… Encendió un cigarrillo, y acababa de sacar el móvil del cinturón para colgar el vídeo en Facebook cuando oyó una risa ahogada a su espalda. Pero allí no había nadie, salvo…

Volvió despacio la cabeza. Todo parecía normal, habría sido un pájaro. Entonces se dio cuenta.

San Antonio le miraba fijamente a él, ya no perdía sus ojos a lo largo de la avenida. Y, mientras le miraba, su expresión serena se tornó en mueca y alzó una ceja. La boca de Paco se abrió, dejando caer el cigarrillo. Entonces, San Antonio levantó un dedo en lo que era sin duda un gesto poco propio de un beato.

Los gritos de Paco, que hicieron parecer mudo a Eliceo, siguieron el camino de los de su compañero. A continuación, San Antonio sacó un reloj de pulsera de un pliegue de su hábito y, tras echarle un vistazo, tiró el lirio y el Niño Jesús junto a la zanja y se descolgó resoplando del pedestal.

«Estudia» —recordó que le decía su madre— «Estudia y llegarás lejos». Pero eso fue antes de la crisis, claro.

—Lejos no sé, pero alto sí que he llegado, madre… —murmuró mientras se limpiaba el maquillaje de la cara— Y no es poco para un enano.

Rió su propio chiste y recogíó del suelo el iPhone de Paco y el cigarrillo aún encendido. Frotó la boquilla con una manga y, chupando con deleite, anadeó avenida abajo mientras canturreaba feliz:

La vida te da sorpresas, sorpreeesas te da la vida...



domingo, 25 de agosto de 2013

Inocencia


—¡Guguetee! ¡Hola, guguetee!

Sus lágrimas caían sobre el inerte objeto que un momento antes caminaba a su alrededor, haciéndole reír. Lo agitaba suavemente, intentando reparar a fuerza de voluntad lo que su entusiasmo había estropeado. Su pena era auténtica, fruto no sólo de la pérdida de su diversión, sino de la culpa y el desamparo, de la añoranza de su pequeño amigo articulado. 

Súbitamente, el juguete se agitó de nuevo en sus brazos. Su rostro se iluminó, y sus lágrimas se volvieron dulces. Lo abrazó, feliz, acunándolo. —¡¡HOLA, GUGUETEE!!

El doctor Frankenstein no estaba muerto, sólo aturdido.



miércoles, 21 de agosto de 2013

Cirugía mayor



—¿Qué ha ocurrido, profesor?
Las camillas volaban por el pasillo, mientras el estudiante lograba apenas seguir el paso del cirujano.

—Un caso curioso... los dos sujetos, Luis y Mario, eran vecinos y estaban enamorados de la misma joven. Ella se decidió por Luis y les escribió para comunicárselo; pero Luis padecía una dolencia cardiaca, y la intensa emoción le provocó un infarto. Apenas alcanzó a pulsar su avisador de emergencia antes de desplomarse.

Doblaron una esquina sin reducir la velocidad, esquivaron por los pelos una silla de ruedas y enfilaron otro corredor interminable.

—Por su parte Mario —continuó el doctor—, loco de desesperación al verse rechazado, ingirió una sobredosis de somníferos. Los camilleros lo encontraron por casualidad al confundir su puerta con la de Luis, así que los rivales acabaron compartiendo ambulancia. Afortunadamente el difunto es donante, y si sustituimos enseguida el órgano dañado al menos el otro chico podrá vivir.

—Pero profesor, ¿servirá el corazón? ¿No estará dañado por los somníferos?

—¿Qué corazón? —se extrañó el cirujano— Luis murió en el acto, es a Mario a quien intentamos salvar.

Desconcertado, el estudiante cruzó la puerta sin ver el rótulo: “Quirófano 7, trasplante de almas”.


jueves, 15 de agosto de 2013

Angelitos al cielo

Martín masticó con rabia la punta del cigarro. A pesar de haber fotografiado doce guerras en cuatro continentes, le había costado sudar tinta y una fortuna en sobornos ser el único reportero gráfico acreditado aquel día.

Había disparado con su vieja Nikon una ráfaga de veinticinco instantáneas, desde que los soldados alzaron sus fusiles hasta que el condenado se desplomó y quedó inerte. Y ahí estaba, la imagen para la historia: el preciso instante en que el más sanguinario de los tiranos dejaba este mundo, tras décadas de atrocidades. Perfectamente enfocada y expuesta, nítida, con las duras sombras del amanecer acentuando el dramatismo de la escena.

Pero no podía publicarla.

Se rascó la barba, pensativo. Lo peor no era que ahí, en mitad del encuadre, hubiese un señor con un traje burdeos y un maletín que no aparecía en ninguna de las otras veinticuatro tomas. Ni que el tipo sonriera con descaro al reo que, en su agonía, parecía sonreír a su vez, guiñándole un ojo.

Lo peor —observó Martín, maldiciendo entre dientes— era que el fulano tenía cuernos. Y rabo.