Había disparado con su vieja Nikon una ráfaga de veinticinco instantáneas, desde que los soldados alzaron sus fusiles hasta que el condenado se desplomó y quedó inerte. Y ahí estaba, la imagen para la historia: el preciso instante en que el más sanguinario de los tiranos dejaba este mundo, tras décadas de atrocidades. Perfectamente enfocada y expuesta, nítida, con las duras sombras del amanecer acentuando el dramatismo de la escena.
Pero no podía publicarla.
Se rascó la barba, pensativo. Lo peor no era que ahí, en mitad del encuadre, hubiese un señor con un traje burdeos y un maletín que no aparecía en ninguna de las otras veinticuatro tomas. Ni que el tipo sonriera con descaro al reo que, en su agonía, parecía sonreír a su vez, guiñándole un ojo.
Lo peor —observó Martín, maldiciendo entre dientes— era que el fulano tenía cuernos. Y rabo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario