jueves, 5 de diciembre de 2013

Sacrificio


—No es posible, Fileo... Tiene que haber un error en las medidas.

La frase, junto con sus matices emocionales (incredulidad y miedo), vibró por el entramado de raíces camino de su interlocutor. Rergo había tardado tan sólo unas doce horas terrestres en componerla, lo que daba idea de su excitación. Teniendo en cuenta que su metabolismo era unas diez mil veces más lento que el de los Breves, su objeción era casi un grito histérico.

La respuesta llegó a la mañana siguiente.

—No, Rergo. Las medidas están bien.

—No pueden habernos detectado —dijo Rergo, tras meditarlo durante el otoño—. Todo el mundo lo sabe: «La percepción de los Breves carece de perspectiva, es demasiado rápida para interpretar nuestros actos».

Fileo se armó de paciencia. Los políticos y su obsesión por generalizar... Consultó de reojo su calendario: estaban perdiendo unas estaciones de las que no disponían.

—Sí. «Y sus actos demasiado locales y efímeros para afectarnos» —contestó—. Yo también recuerdo el Manual de Biología de los Breves. Es más, colaboré en su último apéndice. Todo eso ha sido cierto durante millones de años y en centenares de planetas; pero aquí, en el último siglo y medio, algo ha cambiado. Y nuestra percepción es, por el contrario, demasiado global y lenta para darnos cuenta de ello. Sólo el análisis de las lecturas de los equipos de superficie nos ha permitido apreciarlo: por lo visto saben lo que sucede, han intuido la finalidad del Plan y están tomando medidas para combatirnos. En concreto, están vertiendo cantidades masivas de tóxicos a la atmósfera y los océanos. Los efectos ya se notan entre los nuestros, y no podremos responder a tiempo.

—No lo entiendo... ¿Van a destruirse ellos mismos para acabar con nosotros? —preguntó aterrado Rergo.

—Sufrirán bajas cuantiosas, por supuesto, tanto por exposición a los tóxicos como por las posteriores alteraciones del entorno, pero hemos calculado que sobrevivirán como especie. Eso sí, a costa de destruir la mayor parte de la vida no inteligente y de convertir el planeta en un medio hostil. Supongo que desde su punto de vista es un sacrificio aceptable.

—¡Santo Ciprés! —gimió Rergo mientras la nieve caía sobre sus copas. —Entonces todo ha terminado... ¡a pesar del Plan...!

—Sí, Rergo —admitió Fileo—. A pesar del Plan.

Él mismo estaba sorprendido. Por inconcebible que fuese, el pueblo que había colonizado mil mundos había sido derrotado por una raza de vida corta. Y el Plan, que abarcaba toda una galaxia y se había desarrollado durante eones, había fracasado precisamente en ese planeta. «La propia selección del planeta fue polémica», recordó. Sin duda contaba con características excepcionales, casi únicas (un 99,7% de probabilidad de desarrolo explosivo de vida en la primera fase). Pero había algo raro en él: la radiactividad ligeramente elevada y la gravedad de un satélite inusualmente grande sin duda favorecerían la evolución, pero introducían una serie de variables que complicaban las predicciones.

Luego vinieron millones de años de trabajo mientras se preparaba el terreno para la génesis. Según lo esperado, en los pequeños oasis aparecieron los primeros Breves, tan necesarios como incómodos, con sus rápidos cambios y sus existencias fugaces como destellos. Pronto volaron, nadaron y corrieron, dispersando semillas y pólenes, extendiendo la vida a su paso como una horda benéfica que, sin saberlo, llevaba el orden en lo más profundo de su anarquía. Después, como era inevitable, evolucionaron a su tosca manera hasta convertirse en seres inteligentes. Al admirar los árboles, al cobijarse bajo ellos o recoger su fruto, las sucesivas generaciones de Breves no habían sospechado que entre las raíces habitaban inteligencias antiguas y poderosas; ni que los troncos, hojas y ramas eran ojos, oídos y manos de esas inteligencias, que vigilaban esperando el momento preciso para comenzar la siguiente etapa de su Plan. «No han sospechado nada... hasta ahora», pensó Fileo.

—¿Cuáles son las mejores previsiones? —preguntó Rergo, temiendo la respuesta.

—Sería necesario un mínimo de entre quinientos y seiscientos años para la conclusión satisfactoria del Plan. Y en menos de trescientos los tóxicos nos habrán exterminado.

—¡Trescientos años! —exclamó Rergo—. ¡Tan pronto! ¡Es imposible...! —las vibraciones de sus raíces se confundieron en un espasmo de terror.

—Rergo, ya no queda nada por hacer. Ve con tu familia. Despedíos. Pasa con ellos los últimos siglos. Yo haré lo mismo en cuanto acabe mi informe.

Fileo captó el rastro de desesperación al retirarse Rergo, y sintió lástima por él: carecía de la ecuanimidad científica que permitía a Fileo controlar el pánico.

Las estaciones se sucedieron frenéticas mientras Fileo grababa en el sustrato rocoso un informe que dejase constancia de lo ocurrido, un informe incompleto y que tal vez nadie leería jamás, pero que era, sin embargo, necesario. Las futuras expediciones debían ser advertidas de que había que evitar la Tierra, al menos mientras los humanos la habitaran; aunque el planeta eventualmente se recuperase de la contaminación, una raza de Breves consciente del Plan acabaría con los colonizadores con tal rapidez que ni sabrían lo que pasaba.

Él tampoco comprendía cómo los humanos (la variedad más inteligente de los Breves) habían logrado descubrirlos y combatirlos. Todo se había hecho según lo establecido: cuando los humanos llegaron a un nivel de inteligencia y desarrollo que los hizo potencialmente peligrosos, se activó la fase final del Plan. Los últimos doscientos milenios Fileo y sus colegas se habían dedicado a perfeccionar las técnicas de autopropagación y a preparar el día en que, simultáneamente, todos los frutos, flores y tallos del planeta se volverían venenosos. Los Breves volverían a la tierra de la que surgieron y el mundo, ya maduro, sería un nuevo hogar para el Viejo Pueblo. «Pero ese día ya nunca llegará», reflexionó Fileo. «Y ni siquiera dispongo  de tiempo para averiguar qué salió mal».

—Maestro Fileo...

—Joven Kilo —dijo a su ayudante— ¿qué haces aquí?

—Hay una última remesa de datos para el informe, recién recogidos, hace apenas once meses. Es curioso...

—¿Qué ocurre?

— Es la pauta del ataque de los humanos. La hemos analizado y sigue un patrón aleatorio, tanto espacial como temporal. Da la sensación de que siguen sin saber que estamos aquí, y que los vertidos tóxicos masivos no son un ataque propiamente dicho, sino que obedecen a otro propósito.

Fileo negó, impaciente. No había tiempo para nuevas averiguaciones. Tras meditarlo apenas unos días negó:

—No lo incluiré en el informe, Kilo. Los humanos sin duda saben que su destino iba a ser la extinción, de otro modo ninguna de nuestras observaciones tiene sentido. ¿Qué otra razón pueden tener para el sacrificio supremo que supone destruir su propio planeta? Breves o no, si no les fuese en ello la existencia, ¿cómo podrían ser tan estúpidos?



sábado, 16 de noviembre de 2013

Minuto uno


Joven en un mundo joven, la molécula giraba al azar en un océano de agua y amoniaco. Era un verdadero coloso, incluso entre las de su clase: una enorme cadena de aminoácidos, retorcida y plegada aparentemente sin orden.

De repente, ocurrió. Una más entre un millón de descargas eléctricas, un aumento imperceptible en el bombardeo de radiación solar, la presencia de ciertos elementos en la cantidad y distribución exactas... y la molécula creció, vibró, se reordenó y se convirtió así en mucho más que un coágulo de átomos particularmente grande.

Su consciencia era infinitesimal, apenas percibía campos eléctricos y afinidades químicas; pero en la peculiar disposición de sus átomos, en la precisa orientación de sus enlaces, estaba la semilla primigenia de la voluntad. Estaba viva.

Girando aún lentamente, tomó su primera decisión. Despacio, con el sosiego de quien tiene millones de años por transitar, comenzó a devorar a sus semejantes.



martes, 5 de noviembre de 2013

Bon appétit


El primer ingrediente siempre es el mismo, un telegrama con cuatro palabras: «cena a las diez». Y siempre dirigido a la misma persona. Después, chalota, picada con cuchillo, fina como la nieve. Y alcaparras, por supuesto: las especiales de Armand, recién traídas de Beaucaire; apenas diez kilos de producción al año, repartidos con cicatería de avaro entre un puñado de clientes. Pimienta... Salsa Worcestershire... Unas gotas de Pionneau 1969...

Suena el timbre de la puerta. Ah, el ingrediente principal.

—Telegrama para el doctor Lecter, del doctor... ¿Lecter?

El cartero vuelve el sobre, perplejo, sin percatarse de que he dado un paso hacia él. Es joven y atlético. Magro. Perfecto.




domingo, 20 de octubre de 2013

Bichos



El profesor sujetó con delicadeza el espécimen que iba a preparar y lo observó con ojo experto.

—Hola, amiguito. No te preocupes, no te dolerá.

«Y pensar que en tiempos remotos vosotros reinabais en la Tierra —pensó, filosófico—. En fin, supongo que tuvisteis vuestra oportunidad como especie... La evolución es caprichosa».

La luz que entraba por la ventana del laboratorio se iba tiñendo de ocre. El profesor se levantó, guardó sus notas en un cajón y, desperezándose, se dirigió a la salida. De camino, se detuvo un momento ante la urna de las larvas. Estaban inquietas... Tomó de un estante una caja y sacó de ella unos cuantos juguetes, que depositó junto a las criaturas. Enderezó la etiqueta adherida al vidrio: «Homo Sapiens, caucásico, tres años». Eran unos ejemplares espléndidos.

Bostezó satisfecho, desplegó las enormes alas y voló zumbando hacia la cúpula, que ya se deslizaba en su cavidad dejando ver el cielo de la tarde.

sábado, 12 de octubre de 2013

La barra

El bar de Paco era lo que su nombre hacía suponer: un viejo bar de barrio regentado por un matrimonio maduro, con una empleada boliviana y la ayuda ocasional de dos hijos adolescentes. Los mismos parroquianos lo poblaban cada día, haciendo su entrada y su mutis con puntualidad ferroviaria, y sólo deshacía la agradable rutina algún que otro despistado que entraba y pedía una caña o un café como excusa para telefonear, orinar o cambiar para el parquímetro.

El local tenía, sin embargo, dos elementos que lo hacían peculiar. El primero era su barra, que dejaba boquiabiertos a los telefoneantes, aparcantes y orinantes: un formidable mueble de madera oscura siempre lustrosa, como aceitada, con abundancia de tallas y cornisas y un reposapiés de bronce pulido. La barra la puso ahí el bisabuelo de Paco en tiempos en que, todos con sombrero, la gente boba y rica invitaba a café y porras a la gente sabia y pobre, en veladores de mármol con luz de gas. Tres generaciones después los veladores ya no estaban, vendidos para lápidas tras la guerra; y la barra tenía desniveles orgullosos, tallados por miles de codos frente a los taburetes atornillados al suelo.

El otro elemento singular era el titular del mayor de esos desniveles. Mariano, inquilino de renta vieja de la barra, parecía hecho de la misma madera oscura y gastada. Nadie recordaba el bar sin Mariano, siempre fue el más fiel de los asiduos; y desde que se jubiló, casi veinte años atrás, daba los buenos días cuando Paco se ataba el delantal y las buenas noches cuando se volteaban las primeras sillas. Siempre en su sitio, en el extremo cercano a la cafetera, trasegaba sin prisa cortos de cerveza con concesiones ocasionales al Rioja o al anís en fiestas de guardar. Nunca sobrio del todo, pero jamás borracho. De cuando en cuando, al ir a pagar, entregaba entre las monedas una vieja y dorada de una peseta, que Paco aceptaba sin rechistar para, al día siguiente, devolvérsela entre el cambio.

Cuando el martes pasado Mariano apuró su vaso y dijo “adiós” en lugar del consabido “hasta mañana”, Paco sintió un extraño desasosiego y esa noche no durmió bien. A la mañana siguiente fue el único al que no le extrañó del todo no ver allí a Mariano. Hizo una llamada, luego otra más, y escuchó sin poder pronunciar palabra.

Las dos familias de Mariano estaban presentes en el funeral: la que le quería y respetaba y la que le dejó vivir solo treinta años en un tercero sin ascensor. Allí estaban el cartero, el conserje del colegio del final de la calle, toda la plantilla de la oficina de enfrente, varios chavales de la universidad que los viernes empezaban la noche, según decían ellos con guasa, en Paco’s...

También estaban los veladores de mármol, aquí y allá, como dando la bienvenida a un viejo amigo. Y allí estaba la barra. Paco y un cliente habitual, carpintero jubilado, habían puesto respectivamente el dinero y el talento. No había sido fácil en tan poco tiempo, pero el reposapiés dorado era ahora asidero, la superficie bacheada era tapa, y las cornisas y adornos eran costados. Una nueva talla, sencilla, en forma de cruz, adornaba la parte superior.

Mientras, en el bar vacío, la flamante barra de ladrillo y azulejo lucía crespones negros, y una moneda de peseta brillaba engastada en la superficie, justo enfrente de la cafetera.

sábado, 5 de octubre de 2013

Contrato indefinido


Mi jefe... el cabestro de mi jefe.

Sentado en mi cubículo, no consigo apartar mi pensamiento de su jeta, de sus modales de chulo barriobajero, de su alfiler de corbata de oro.


Cierro los ojos y fantaseo: tal vez veneno, uno lento, en su asqueroso Earl Grey... O unas tijeras en la carótida y ver cómo la sangre salpica el techo... O meterle el cable de su lámpara de diseño en la boca, la corriente eléctrica poniendo de punta sus cuatro pelos... Garabateo una lista con una sonrisa feroz. La arrugo. Me froto los ojos. Un día más, igual que los anteriores, igual que los venideros. Me levanto a estirar las piernas con un vistazo reflejo, furtivo, por encima del hombro, aunque sepa que no puede verme. Doy unos pasos hacia la puerta cerrada. Me apoyo en los barrotes, fríos, gruesos.

¡Estrangularlo! ¡Qué vulgaridad! ¿Cómo pude simplemente estrangularlo?



lunes, 16 de septiembre de 2013

A, B, C, D...



—Más de lo mismo, chaval. Maldito depravado...

El veterano policía tragó el último bocado de su perrito, y se limpió las manos en la gabardina antes de acercarse al cadáver. Su joven asistente, pálido, tomaba notas.

El historiador Heredia estaba desnudo y sin signos de violencia. Sin duda le habían administrado el mismo cóctel de tóxicos que a sus predecesores; el forense buscaría el pinchazo de la inyección. Le habían sentado en una butaca, con un libro en las manos: Hyperion. Desde el abogado Asensio con Antígona y el banquero Benedetti con Ben Hur, ocho lectores desnudos recorrían ya el alfabeto.

—No llegará a nueve —dijo el policía, sin volverse—. Puede que haya cometido un error... mira, aquí, en el brazo de la butaca...

Su ayudante no respondió. Repasaba con el dedo los títulos de un estante. Se detuvo en La Ilíada. Lo cogió y, escondiendo la mano de la hipodérmica, se acercó sin hacer ruido al inspector Idígoras.


viernes, 13 de septiembre de 2013

OVNI



—¿Y dice que se llama Planeta España? —preguntó el Hiperalmirante Berzok.

—Eso creo… o al menos así se llama su capital, jefe —contestó el espía—. Sin duda los españos son la casta dominante: son los que hablan más alto. El informe es sobre ellos, pero si quiere bajo otra vez y miro por ahí a ver.

— Quite,  quite,  Povedillak...   si la capital está así, cómo estará el resto —razonó el almirante, mientras restregaba los microfilmes por un sobaco para absorber su contenido—. Hijo, hoy se ha comportado como un héroe. Se merece una condecoración. Pero le tendremos que desintegrar, ya sabe, los virus, el contagio y eso. Puede retirarse. ¡Contramaestre!

—Sí, jefe. ¿Les endiño? Tengo el turboplasma más caliente que las pistolas de Flash Gordon.

—Negativo. Nos vamos de aquí cagando protones. Dispóngalo.

Ya a solas en su camarote y libre al fin de la preceptiva dignidad del cargo, el Hiperalmirante se puso verde (cosa que no se notó en absoluto) y sintió que le temblaban los pseudópodos. Se sirvió un cuerno helado de Vichy Venusiano con unas gotas de orujo y metió en él las tres lenguas, lo que le alivió al instante.

«Crisálida mía, la he podido liar parda» —pensó—. «Si mando invadir eso, la que me cae...» 




jueves, 5 de septiembre de 2013

Anuncios por palabras



Joven, pelirroja, ojos soñadores, voluptuosa. El sueño de un caballero hecho piel. Hotel Rivery, suite dieciséis, sábado de diez a doce.

Cada semana retocaba el anuncio, madurándolo hasta hacerlo perfecto para el hombre que lo inspiraba. Cada semana elegía las palabras para que ciñeran como un guante los más íntimos deseos del objeto de su obsesión. Cada semana lo publicaba en su periódico favorito, en las columnas de «Clasificados: contactos», que sabía que él leía con deleite. Y cada semana esperaba, y volvía a casa de madrugada segura de que el próximo anuncio lograría su propósito.

En la penumbra de la suite fantaseó con el momento del encuentro, cuando al abrir la puerta lo viese al fin en el umbral... El espejo le devolvió una sonrisa emocionada. Su pelo azabache enmarcaba un rostro que, todavía hermoso, delataba la cincuentena.

«Sí, esta noche me escogerá a mí» —pensó, acariciando el largo filo del estilete—. «Mi querido esposo vendrá esta vez».



sábado, 31 de agosto de 2013

¡Milagro!


—¡T… Te juro que lo he visto! ¡Ha llorado!

Eliceo, un hombretón con el pantalón azul ceñido por debajo de la barriga con un trozo de cuerda, soltó el pico y miró dubitativo a su oficial.

—Paco, non hagas bromes con eso, ques cosa seria… —llevaba poco tiempo en Madrid, y en el pueblo el Antón, que estaba muy viajado, ya le había advertido de lo que les gustaba la guasa a los capitalinos. Pero el caso era que el oficial, un jaque de genio entre desenvuelto y descarado, estaba blanco como la cal y temblaba ligeramente.

La estatua, indiferente a lo que ocurría a sus pies, adornaba el esquinazo de un imponente edificio, protegida por una hornacina abierta a unos dos metros del suelo. Sobre una ménsula floreada y un pedestal bajo, San Antonio sostenía en brazos al Niño Jesús y apretaba contra su pecho un lirio. El artista había optado por una representación “a la portuguesa”, y el santo aparecía como un hombrecillo bajito y rechoncho, con extraños rasgos. Pero la mirada extraviada, la tonsura y la actitud serena de la escultura impresionaban a los pocos transeúntes que se fijaban en ella. Eliceo le lanzaba ahora miradas de reojo, intentando que no se notara su aprensión.

—¡Qué sí, Eli, coño, que lo he visto! ¡El niño lloraba! —los ojos de Paco parecían a punto de salir disparados de sus cuencas— y… y… me hablaba, pero sin hablar, a ver si me entiendes… en la cabeza…

Eliceo no sabía qué pensar, pero sus piernas al parecer sí, porque habían decidido por su cuenta volverse de gelatina. Contuvo a duras penas el tembleque y logró componer lo que le pareció una sonrisa más o menos serena.

—Tú te quies reír de mí… cómo va a llorar, si es de p…

—¡Lo oigo! ¡Ahora! ¡Me habla! ¡Dice… dice…! —Paco, con los ojos en blanco, abrió despacio las manos con las palmas hacia arriba. En el centro de cada una había una brillante mancha roja, y en la izquierda un hilillo se deslizó y goteó entre los dedos.

Las piernas de Eliceo volvieron a ser más rápidas que su cerebro. En esta ocasión extraordinariamente rápidas para un hombre de su tamaño. Cuando el alarido de terror ya se perdía a lo lejos, Paco soltó una carcajada y tiró a la zanja el sobre de ketchup que había reservado durante el almuerzo. Y lo mejor era que lo había grabado todo… Encendió un cigarrillo, y acababa de sacar el móvil del cinturón para colgar el vídeo en Facebook cuando oyó una risa ahogada a su espalda. Pero allí no había nadie, salvo…

Volvió despacio la cabeza. Todo parecía normal, habría sido un pájaro. Entonces se dio cuenta.

San Antonio le miraba fijamente a él, ya no perdía sus ojos a lo largo de la avenida. Y, mientras le miraba, su expresión serena se tornó en mueca y alzó una ceja. La boca de Paco se abrió, dejando caer el cigarrillo. Entonces, San Antonio levantó un dedo en lo que era sin duda un gesto poco propio de un beato.

Los gritos de Paco, que hicieron parecer mudo a Eliceo, siguieron el camino de los de su compañero. A continuación, San Antonio sacó un reloj de pulsera de un pliegue de su hábito y, tras echarle un vistazo, tiró el lirio y el Niño Jesús junto a la zanja y se descolgó resoplando del pedestal.

«Estudia» —recordó que le decía su madre— «Estudia y llegarás lejos». Pero eso fue antes de la crisis, claro.

—Lejos no sé, pero alto sí que he llegado, madre… —murmuró mientras se limpiaba el maquillaje de la cara— Y no es poco para un enano.

Rió su propio chiste y recogíó del suelo el iPhone de Paco y el cigarrillo aún encendido. Frotó la boquilla con una manga y, chupando con deleite, anadeó avenida abajo mientras canturreaba feliz:

La vida te da sorpresas, sorpreeesas te da la vida...



domingo, 25 de agosto de 2013

Inocencia


—¡Guguetee! ¡Hola, guguetee!

Sus lágrimas caían sobre el inerte objeto que un momento antes caminaba a su alrededor, haciéndole reír. Lo agitaba suavemente, intentando reparar a fuerza de voluntad lo que su entusiasmo había estropeado. Su pena era auténtica, fruto no sólo de la pérdida de su diversión, sino de la culpa y el desamparo, de la añoranza de su pequeño amigo articulado. 

Súbitamente, el juguete se agitó de nuevo en sus brazos. Su rostro se iluminó, y sus lágrimas se volvieron dulces. Lo abrazó, feliz, acunándolo. —¡¡HOLA, GUGUETEE!!

El doctor Frankenstein no estaba muerto, sólo aturdido.



miércoles, 21 de agosto de 2013

Cirugía mayor



—¿Qué ha ocurrido, profesor?
Las camillas volaban por el pasillo, mientras el estudiante lograba apenas seguir el paso del cirujano.

—Un caso curioso... los dos sujetos, Luis y Mario, eran vecinos y estaban enamorados de la misma joven. Ella se decidió por Luis y les escribió para comunicárselo; pero Luis padecía una dolencia cardiaca, y la intensa emoción le provocó un infarto. Apenas alcanzó a pulsar su avisador de emergencia antes de desplomarse.

Doblaron una esquina sin reducir la velocidad, esquivaron por los pelos una silla de ruedas y enfilaron otro corredor interminable.

—Por su parte Mario —continuó el doctor—, loco de desesperación al verse rechazado, ingirió una sobredosis de somníferos. Los camilleros lo encontraron por casualidad al confundir su puerta con la de Luis, así que los rivales acabaron compartiendo ambulancia. Afortunadamente el difunto es donante, y si sustituimos enseguida el órgano dañado al menos el otro chico podrá vivir.

—Pero profesor, ¿servirá el corazón? ¿No estará dañado por los somníferos?

—¿Qué corazón? —se extrañó el cirujano— Luis murió en el acto, es a Mario a quien intentamos salvar.

Desconcertado, el estudiante cruzó la puerta sin ver el rótulo: “Quirófano 7, trasplante de almas”.


jueves, 15 de agosto de 2013

Angelitos al cielo

Martín masticó con rabia la punta del cigarro. A pesar de haber fotografiado doce guerras en cuatro continentes, le había costado sudar tinta y una fortuna en sobornos ser el único reportero gráfico acreditado aquel día.

Había disparado con su vieja Nikon una ráfaga de veinticinco instantáneas, desde que los soldados alzaron sus fusiles hasta que el condenado se desplomó y quedó inerte. Y ahí estaba, la imagen para la historia: el preciso instante en que el más sanguinario de los tiranos dejaba este mundo, tras décadas de atrocidades. Perfectamente enfocada y expuesta, nítida, con las duras sombras del amanecer acentuando el dramatismo de la escena.

Pero no podía publicarla.

Se rascó la barba, pensativo. Lo peor no era que ahí, en mitad del encuadre, hubiese un señor con un traje burdeos y un maletín que no aparecía en ninguna de las otras veinticuatro tomas. Ni que el tipo sonriera con descaro al reo que, en su agonía, parecía sonreír a su vez, guiñándole un ojo.

Lo peor —observó Martín, maldiciendo entre dientes— era que el fulano tenía cuernos. Y rabo.