Sentado en mi cubículo, no consigo apartar mi pensamiento de su jeta, de sus modales de chulo barriobajero, de su alfiler de corbata de oro.
Cierro los ojos y fantaseo: tal vez veneno, uno lento, en su asqueroso Earl Grey... O unas tijeras en la carótida y ver cómo la sangre salpica el techo... O meterle el cable de su lámpara de diseño en la boca, la corriente eléctrica poniendo de punta sus cuatro pelos... Garabateo una lista con una sonrisa feroz. La arrugo. Me froto los ojos. Un día más, igual que los anteriores, igual que los venideros. Me levanto a estirar las piernas con un vistazo reflejo, furtivo, por encima del hombro, aunque sepa que no puede verme. Doy unos pasos hacia la puerta cerrada. Me apoyo en los barrotes, fríos, gruesos.
¡Estrangularlo! ¡Qué vulgaridad! ¿Cómo pude simplemente estrangularlo?
¡Estrangularlo! ¡Qué vulgaridad! ¿Cómo pude simplemente estrangularlo?
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