lunes, 16 de septiembre de 2013

A, B, C, D...



—Más de lo mismo, chaval. Maldito depravado...

El veterano policía tragó el último bocado de su perrito, y se limpió las manos en la gabardina antes de acercarse al cadáver. Su joven asistente, pálido, tomaba notas.

El historiador Heredia estaba desnudo y sin signos de violencia. Sin duda le habían administrado el mismo cóctel de tóxicos que a sus predecesores; el forense buscaría el pinchazo de la inyección. Le habían sentado en una butaca, con un libro en las manos: Hyperion. Desde el abogado Asensio con Antígona y el banquero Benedetti con Ben Hur, ocho lectores desnudos recorrían ya el alfabeto.

—No llegará a nueve —dijo el policía, sin volverse—. Puede que haya cometido un error... mira, aquí, en el brazo de la butaca...

Su ayudante no respondió. Repasaba con el dedo los títulos de un estante. Se detuvo en La Ilíada. Lo cogió y, escondiendo la mano de la hipodérmica, se acercó sin hacer ruido al inspector Idígoras.


viernes, 13 de septiembre de 2013

OVNI



—¿Y dice que se llama Planeta España? —preguntó el Hiperalmirante Berzok.

—Eso creo… o al menos así se llama su capital, jefe —contestó el espía—. Sin duda los españos son la casta dominante: son los que hablan más alto. El informe es sobre ellos, pero si quiere bajo otra vez y miro por ahí a ver.

— Quite,  quite,  Povedillak...   si la capital está así, cómo estará el resto —razonó el almirante, mientras restregaba los microfilmes por un sobaco para absorber su contenido—. Hijo, hoy se ha comportado como un héroe. Se merece una condecoración. Pero le tendremos que desintegrar, ya sabe, los virus, el contagio y eso. Puede retirarse. ¡Contramaestre!

—Sí, jefe. ¿Les endiño? Tengo el turboplasma más caliente que las pistolas de Flash Gordon.

—Negativo. Nos vamos de aquí cagando protones. Dispóngalo.

Ya a solas en su camarote y libre al fin de la preceptiva dignidad del cargo, el Hiperalmirante se puso verde (cosa que no se notó en absoluto) y sintió que le temblaban los pseudópodos. Se sirvió un cuerno helado de Vichy Venusiano con unas gotas de orujo y metió en él las tres lenguas, lo que le alivió al instante.

«Crisálida mía, la he podido liar parda» —pensó—. «Si mando invadir eso, la que me cae...» 




jueves, 5 de septiembre de 2013

Anuncios por palabras



Joven, pelirroja, ojos soñadores, voluptuosa. El sueño de un caballero hecho piel. Hotel Rivery, suite dieciséis, sábado de diez a doce.

Cada semana retocaba el anuncio, madurándolo hasta hacerlo perfecto para el hombre que lo inspiraba. Cada semana elegía las palabras para que ciñeran como un guante los más íntimos deseos del objeto de su obsesión. Cada semana lo publicaba en su periódico favorito, en las columnas de «Clasificados: contactos», que sabía que él leía con deleite. Y cada semana esperaba, y volvía a casa de madrugada segura de que el próximo anuncio lograría su propósito.

En la penumbra de la suite fantaseó con el momento del encuentro, cuando al abrir la puerta lo viese al fin en el umbral... El espejo le devolvió una sonrisa emocionada. Su pelo azabache enmarcaba un rostro que, todavía hermoso, delataba la cincuentena.

«Sí, esta noche me escogerá a mí» —pensó, acariciando el largo filo del estilete—. «Mi querido esposo vendrá esta vez».