—Eso creo… o al menos así se llama su capital, jefe —contestó el espía—. Sin duda los españos son la casta dominante: son los que hablan más alto. El informe es sobre ellos, pero si quiere bajo otra vez y miro por ahí a ver.
— Quite, quite, Povedillak... si la capital está así, cómo estará el resto —razonó el almirante, mientras restregaba los microfilmes por un sobaco para absorber su contenido—. Hijo, hoy se ha comportado como un héroe. Se merece una condecoración. Pero le tendremos que desintegrar, ya sabe, los virus, el contagio y eso. Puede retirarse. ¡Contramaestre!
—Sí, jefe. ¿Les endiño? Tengo el turboplasma más caliente que las pistolas de Flash Gordon.
—Negativo. Nos vamos de aquí cagando protones. Dispóngalo.
Ya a solas en su camarote y libre al fin de la preceptiva dignidad del cargo, el Hiperalmirante se puso verde (cosa que no se notó en absoluto) y sintió que le temblaban los pseudópodos. Se sirvió un cuerno helado de Vichy Venusiano con unas gotas de orujo y metió en él las tres lenguas, lo que le alivió al instante.
«Crisálida mía, la he podido liar parda» —pensó—. «Si mando invadir eso, la que me cae...»

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