—¡Guguetee! ¡Hola, guguetee!
Sus lágrimas caían sobre el inerte objeto que un momento antes caminaba a su alrededor, haciéndole reír. Lo agitaba suavemente, intentando reparar a fuerza de voluntad lo que su entusiasmo había estropeado. Su pena era auténtica, fruto no sólo de la pérdida de su diversión, sino de la culpa y el desamparo, de la añoranza de su pequeño amigo articulado.
Súbitamente, el juguete se agitó de nuevo en sus brazos. Su rostro se iluminó, y sus lágrimas se volvieron dulces. Lo abrazó, feliz, acunándolo. —¡¡HOLA, GUGUETEE!!
El doctor Frankenstein no estaba muerto, sólo aturdido.
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