—Más de lo mismo, chaval. Maldito depravado...El veterano policía tragó el último bocado de su perrito, y se limpió las manos en la gabardina antes de acercarse al cadáver. Su joven asistente, pálido, tomaba notas.
El historiador Heredia estaba desnudo y sin signos de violencia. Sin duda le habían administrado el mismo cóctel de tóxicos que a sus predecesores; el forense buscaría el pinchazo de la inyección. Le habían sentado en una butaca, con un libro en las manos: Hyperion. Desde el abogado Asensio con Antígona y el banquero Benedetti con Ben Hur, ocho lectores desnudos recorrían ya el alfabeto.
—No llegará a nueve —dijo el policía, sin volverse—. Puede que haya cometido un error... mira, aquí, en el brazo de la butaca...
Su ayudante no respondió. Repasaba con el dedo los títulos de un estante. Se detuvo en La Ilíada. Lo cogió y, escondiendo la mano de la hipodérmica, se acercó sin hacer ruido al inspector Idígoras.
Este mola, Ángel. Está muy redondo. Le tienes cogido el truco al asunto. Abz
ResponderEliminarGracias, maet-tro :-)
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